By Ingrid Jiménez

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Venezuela: el desafío del multilateralismo
Por Ingrid Jiménez

Con una transición democrática más lejana de lo previsible en 2019 tras la proclamación de Guaidó, es la hora del pragmatismo por parte de la desarticulada oposición de cara el régimen en el marco de iniciativas multilaterales.

La pandemia de la COVID-19 ha desnudado una realidad incómoda para la comunidad internacional. Las instituciones sobre las cuales se edificó el orden mundial después de la Segunda Guerra Mundial se han quedado sin respuestas ante la complejidad de los problemas actuales, que van mucho más allá de la lucha contra la pandemia o la inequidad en el acceso a las vacunas.

La política aislacionista de los Estados Unidos durante la presidencia de Donald Trump, y su permanente cuestionamiento al multilateralismo y la globalización, sin duda han contribuido con su debilitamiento.

Además, el incremento del poder y la influencia de China en los últimos años constituyen uno de los mayores desafíos para el modelo político y económico de Occidente. El poder económico asiático es tan grande que se expande mucho más allá de su área natural de influencia, posicionándose como un socio comercial fundamental para Europa y América Latina.

A pesar de los cambios producidos en el sistema internacional, el experto internacional nacido en Venezuela Moisés Naím considera que el mundo necesita un multilateralismo más eficiente e incluyente. Esto se hace evidente en las diversas respuestas, no siempre coordinadas, que la comunidad internacional ha intentado en torno a la crisis venezolana.

Venezuela hoy está más lejos de lograr una transición democrática que hace dos años, cuando el diputado Juan Guaidó se proclamó presidente interino. En 2019, se incrementaron los mecanismos informales para promover una negociación entre el gobierno y la oposición. Entre éstos se encuentra el Grupo Internacional de Contacto (GIC) sobre Venezuela, integrado por Francia, Alemania, Portugal, España, Países Bajos, Italia, Reino Unido, Costa Rica, Ecuador y Uruguay (República Dominicana y Chile se incorporaron posteriormente). El grupo tiene por objetivo coordinar los esfuerzos para buscar una salida pacífica y democrática a la crisis venezolana, privilegiando la vía electoral.

El encuentro más reciente del GIC ocurrió a inicios del 2021. En la declaración oficial emitida al final de su reunión ministerial, reiteró el llamado a una negociación política en el país que permita realizar elecciones “creíbles, inclusivas y transparentes”. El primer paso para lograrlo sería la designación de un Consejo Nacional Electoral independiente y equilibrado.

Uno de los elementos más notorios del comunicado es el llamado que hace a las fuerzas democráticas “para que se unan como parte de un esfuerzo más amplio y concertado para un mayor diálogo”.
Al clamor por la unidad opositora también se unió el Alto Representante de la Unión Europea para la Política Exterior, Josep Borrell. En este sentido, señaló: “La oposición necesita reforzar su unidad, les sería muy útil”.

Es evidente que la fragmentación de los actores democráticos, en al menos tres facciones, y la desaparición de los mecanismos de articulación internos obstaculizan propiciar algún tipo de acuerdo. Como si esto fuera poco, el gobierno logró cooptar a un sector de la oposición, que participó en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre y cuenta con una pequeña representación en la recientemente instalada Asamblea Nacional oficialista.

En el comunicado del GIC, se destacan otros puntos, como la preocupación por el empeoramiento de la situación humanitaria en el país y el incremento de los obstáculos al trabajo del personal humanitario. Asimismo, se denuncian la represión y los ataques contra las organizaciones de la sociedad civil, los grupos defensores de derechos humanos y los medios de comunicación, realizados recientemente como parte de las acciones tomadas por el gobierno una vez conquistado el poder legislativo.

Desde su creación, el GIC ha abogado por una solución a la crisis construida por los propios venezolanos. Sin embargo, como es de esperar, el gobierno de Maduro ha rechazado su actuación desde el inicio. La Cancillería venezolana ha calificado sus iniciativas como intromisiones groseras en asuntos internos del país.
Lo cierto es que Maduro avanza hacia su consolidación, sin que hasta el momento exista un incentivo real para comenzar un proceso de negociación. Los factores democráticos se encuentran desarticulados y, mientras se mantenga esta situación, no constituyen una amenaza para la continuidad y estabilidad del régimen.

Hay que ser realistas. Una transición democrática tal y como la que se avizoraba hace dos años no es un escenario probable. Lo que parece posible es la coordinación de políticas y acciones para obtener un limitado y concreto arreglo en torno a las elecciones regionales y municipales previstas en Venezuela para el 2021 y el 2022.

Es hora de que el multilateralismo se active para lograr pequeños acuerdos que puedan abrir la oportunidad para la democratización del país a mediano plazo.

Further away from a democratic transition than in 2019 after the proclamation of Guaidó, it is time for pragmatism on the part of a fragmented opposition facing the regime in the framework of multilateral initiatives.

The COVID-19 pandemic has revealed an uncomfortable fact for the international community. The institutions on which the world order was built after World War II have run out of answers to the complexity of current problems, which go far beyond fighting the pandemic or unequal access to vaccines.

The isolationist policy by the United States during Donald Trump’s presidential term, and his permanent questioning of multilateralism and globalization, have undoubtedly contributed to its weakening. 

Furthermore, China’s growing power and influence in recent years pose one of the greatest challenges to the Western political and economic model. Asian economic power is so great that it is expanding far beyond its natural area of influence, positioning itself as a key trading partner for Europe and Latin America.

Despite the changes in the international system, Venezuela-born international expert Moisés Naím believes that the world needs a more efficient and inclusive multilateralism. This is evident in the different, not always coordinated, responses that the international community has attempted for the Venezuelan crisis.

Today, Venezuela is further away from achieving a democratic transition than it was two years ago, when Congressman Juan Guaidó proclaimed himself interim president. In 2019, informal mechanisms to encourage negotiations between the government and the opposition increased. Among these is the International Contact Group (ICG) on Venezuela, composed of France, Germany, Portugal, Spain, Netherlands, Italy, United Kingdom, Costa Rica, Ecuador, and Uruguay (Dominican Republic and Chile joined later). The objective of this group is to coordinate efforts to seek a peaceful and democratic solution to the Venezuelan crisis, with a strong emphasis on electoral procedures.

The most recent conference of the ICG took place in early 2021. In the official declaration issued following its ministerial meeting, it reaffirmed the call for a political negotiation in the country that would allow for “credible, inclusive and transparent” elections. The first step to achieve this would be the appointment of an independent and balanced National Electoral Council (Consejo Nacional Electoral).

One of the highlights of the declaration is the call for the democratic forces “to come together as part of a wider, concerted effort for further dialogue”.  

The European Union High Representative for Foreign Policy, Josep Borrell, also joined this call for unity among the opposition. In this regard, he remarked: “The opposition needs to strengthen its unity; it would be very useful to them”. 

It is evident that the fragmentation of the democratic actors, in at least three factions, and the disappearance of internal articulation mechanisms undermine facilitating any kind of agreement. As if this were not enough, the government managed to co-opt a section of the opposition, which participated in the parliamentary elections of December 6 and has a small representation in the newly inaugurated pro-government National Assembly. 

The ICG declaration highlights other issues, such as the concern for the worsening of the humanitarian situation in the country and the increase of obstacles to the activity of humanitarian aid workers. It also blows the whistle on the repression and attacks against civil society organizations, human rights defense groups, and the media, launched recently as part of the actions performed by the government once it took over the Legislative.

Since its inception, the ICG has advocated for a solution to the crisis built by Venezuelans themselves. However, as expected, the Maduro government has rejected its actions from the beginning. Venezuela’s Foreign Affairs Ministry has described its initiatives as gross interference in the country’s internal affairs.

The fact is that Maduro is advancing towards his consolidation, without any real incentives to start a negotiation process. The democratic actors are in disarray and, as long as this situation persists, they do not pose a threat to the continuity and stability of the regime.

We must be realistic. A democratic transition, as envisioned two years ago, is not a likely scenario. What seems possible is the coordination of policies and actions to reach a limited and concrete compromise regarding the state (provincial) and municipal elections slated for 2021 and 2022 in Venezuela. 

It is time for multilateralism to become active in order to reach modest agreements that may open opportunities for the democratization of the country in the medium term.

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